UN MILEI KEYNESIANO

Por acá todo bien, con mucha actividad legislativa por varios proyectos que andan dando vueltas en el Congreso, en los que desde Fundar, mi otro laburo, tenemos mucho para decir: reforma de la carta orgánica del Banco Central, morosidad y Súper RIGI. También seguimos insistiendo con la agenda tributaria, una reforma cada vez más urgente. La semana pasada publicamos el tópico del sistema tributario en Argendata. Les dejo el link para que chusmeen y comenten, pero en la descripción del sistema aparecen cuestiones espeluznantes, como la regresividad del sistema o la cantidad récord de amnistías tributarias (blanqueos) que ofreció nuestro país.

Mientras todo eso sucede, la economía sigue estancada. De hecho, el segundo trimestre del año, incluso con buena cosecha y exportaciones récord de energía, mostró una variación negativa con respecto al trimestre anterior. Hasta hace poco se decía que la economía crecía a dos velocidades, ahora podemos empezar a decir que cae partida en dos. El Gobierno, ya preocupado por las elecciones, reacciona y hace populismo con plata ajena.

Hace unos días el INDEC publicó el dato de crecimiento económico de junio y hubo números para todos los gustos. El oficialismo salió a destacar el crecimiento de 2,7% con respecto al mismo mes del año pasado y de 0,8% con respecto al mes anterior. La oposición enfatizó en que la variación positiva de junio no llegó a compensar la caída en los dos meses previos, por lo que el segundo trimestre del año cerró 0,9% abajo del período anterior. En resumen, la economía no está subiendo; en el mejor de los casos, está planchada.

Si nos alejamos un poco de la foto mensual, el cuadro empeora. Junio quedó 1,1% abajo de diciembre pasado y apenas 0,4% arriba de febrero de 2025. Con más perspectiva todavía: estamos por debajo de junio de 2022, un 1% arriba de noviembre de 2017 y un magro 3,3% arriba de diciembre de 2012. Trece años y medio para crecer 3,3%. Una verdadera desgracia.

¿Es el estancamiento actual igual a los anteriores? La respuesta es que no, y entender por qué permite analizar las alternativas y los escenarios posibles de cara al año electoral.

Un poco de teoría

Que la economía crezca significa, básicamente, que se produce más. Por eso las teorías clásicas de crecimiento pusieron el foco en expandir los factores de producción: más trabajadores, más capital y más tecnología. El cuarto factor, la tierra, no es reproducible: para que un país tenga más, otro tiene que tener menos. Ahí tenés, dicho sea de paso, una explicación bastante económica de por qué hay invasiones y guerras desde que tenemos memoria.

Pero hace casi cien años, con la crisis del ’29, quedó a la vista que la oferta no lo es todo. Había capital y trabajo de sobra — fábricas paradas, gente sin empleo — y la economía no arrancaba igual. Ahí apareció John Maynard Keynes para poner a la demanda en el centro: mientras nadie espere que haya compradores, la producción no se mueve, por más factores ociosos que haya.

Es una de las fallas de coordinación más ilustrativas, el equilibrio con desempleo. Los desempleados golpean la puerta de las empresas y piden que los contraten. Las empresas responden que no, porque no tienen a quién venderle lo que esos trabajadores producirían. “Contratanos y nosotros te compramos”, ofrecen los trabajadores. “Hagamos al revés”, contestan las empresas. “Primero cómprennos y luego los contratamos”. “No podemos comprar si no tenemos ingresos, y para eso necesitamos el laburo”, cierran los trabajadores.

¿Problema entre privados? Sí, pero el sector público tiene un rol que cumplir. Si aumenta el gasto — es decir, la demanda — , las empresas contratan para satisfacerla; esos nuevos ocupados, con ingresos frescos, demandan todavía más; y las empresas vuelven a contratar. La rueda arranca. Si el Estado no tiene con qué financiar ese gasto, hasta puede emitir sin que sea inflacionario. En un contexto de capacidad ociosa, a la par que sube la oferta de dinero sube también la demanda de dinero: las empresas necesitan pesos para contratar y comprar insumos, las familias para gastar lo que antes no tenían.

¿Por qué te cuento todo esto? Porque la actualidad argentina tiene algo del escenario keynesiano. En junio la industria usó apenas el 59,1% de su capacidad instalada, es decir, más del 40% de las máquinas estuvieron apagadas. Cinco rubros trabajaron por debajo del 50% — automotriz, metalmecánica, caucho y plástico, textil, tabaco — . Con este mercado laboral deteriorado, las personas están ávidas por trabajar. La oferta está lista y esperando. Lo único que falta es que alguien compre.

No tan rápido: ¿y los dólares?Pero la oferta y la demanda no lo son todo. A mediados del siglo pasado un grupo de economistas latinoamericanos notó algo raro: la región no lograba crecer ni siquiera cuando le sobraban factores de producción y la demanda subía. Para peor, en vez de aparecer más producción aparecía más inflación. ¿El motivo? Faltaban los dólares.El razonamiento es simple. Aunque hubiera desempleo y fábricas ociosas, apenas se estiraba la demanda las empresas necesitaban insumos que acá no se fabricaban. Había que importarlos. Y no había dólares para pagar esas importaciones. Entonces el crecimiento se cortaba de cuajo y el impulso a la demanda terminaba en precios, no en actividad. Así nació la famosa “restricción externa al crecimiento”.A partir de los años ’70 esa restricción se volvió más financiera que comercial. Los países que aprendieron a usar el crédito internacional con prudencia lograron sortearla y crecer — no mucho, un poquito, pero crecer al fin — . Los que no aprendieron, quedaron peor que antes. Argentina, ya sabés de qué grupo es.Cristina, Macri y Alberto: la misma paredEl estancamiento del segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner, el de Mauricio Macri y el de Alberto Fernández no se parecen al de Javier Milei. Y la diferencia, otra vez, son los dólares. Ninguno de esos gobiernos tuvo el boom exportador que asoma hoy: Vaca Muerta estaba madurando y recién ahora empezó a hacer la diferencia. Esos estancamientos fueron los de un país que chocaba una y otra vez contra la misma pared externa sin saber cómo saltarla (y con mucha mala praxis al respecto).Cristina, terminado el viento de cola de las materias primas, sostuvo el nivel de actividad con cepo hasta 2015 a fuerza de quemar reservas. Macri se endeudó fuerte en 2016 y 2017, y con eso mostró algo de crecimiento con inflación en baja — lo suficiente para ganar la de medio término — , pero en 2018 los mercados le pidieron que empezara a devolver la plata, algo para lo que el país no estaba preparado. De ahí las devaluaciones, la vuelta al FMI, la caída de la actividad y el rebote inflacionario. Alberto es el caso más llamativo: tuvo una buena recuperación post pandemia, pero la guerra en Ucrania le encareció la energía cuando todavía éramos importadores netos, y después la sequía se llevó puestos unos USD 20.000 millones de exportaciones en 2023. Haber pisado el acelerador desde el Estado en 2023 no tuvo sentido: sin dólares que respaldaran esa demanda, el impulso fue derecho a precios.¿Y Milei?Milei, en cambio, tiene dólares. Las reservas brutas superaron los USD 50.000 millones, récord en siete años, y el Banco Central ya cumplió con creces su meta de acumulación para 2026. La restricción externa, que frenó a todos los anteriores, hoy está más holgada.El problema es que esos dólares se dividen entre varios objetivos. Una parte tiene que ir a mejorar el patrimonio del BCRA; otra, a pagar la deuda externa del Tesoro; otra, a financiar el ahorro en moneda dura de las familias; algo, a la remisión de utilidades de empresas que estuvieron años encepadas. Pero también se podría destinar una porción a reactivar la economía. Eso es, exactamente, lo que Milei hasta ahora se negó a hacer.Conviene además ver la foto completa. Buena parte de esa acumulación de reservas no viene sólo de exportar más, sino de importar menos: menos bienes de capital y menos insumos para una industria y una construcción que se achican. Dicho de otro modo, una fracción de los dólares que hoy compra el Central son los que la economía real dejó de usar porque está parada.En elecciones, todos somos populistasLa demanda viene cayendo por un combo conocido: ajuste fiscal, deterioro del mercado de trabajo, salario real en baja — golpeado además por las tarifas y por el peso de las cuotas de quienes siguen pagando sus deudas — y un crédito que se frenó de la mano de tasas más altas y la mora.El Gobierno pareció acusar el impacto — sobre todo ante el escándalo de la morosidad — y salió a mover fichas para descomprimir el clima. En esa clave hay que leer dos anuncios recientes. Primero, los $2 billones del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de la ANSES volcados a los bancos para revivir el crédito hipotecario (de los que Emiliano va a hablar la semana que viene en #Rollover), que en los primeros siete meses del año se derrumbó 47% interanual. Segundo, el “salario mínimo garantizado” de $1.070.000 brutos que la Secretaría de Trabajo empuja en las paritarias privadas. De todos modos, lo cierto es que no parece que vaya a ser una medida con mucho impacto teniendo en cuenta que, a abril de este año, pocos convenios estaban por debajo de ese valor y no por mucha diferencia.
Podemos ser libertarios o peronistas, pero en elecciones somos todos populistas. El año pasado fue la apreciación del peso para llegar a octubre luego de los rescates del Fondo y el Tesoro de EE.UU.; de cara a las presidenciales de 2027, ahora se suman estos estímulos a la demanda.Y acá hay un detalle que vale la pena marcar: ninguna de las dos medidas rompe el ancla fiscal. Más allá del impacto, el piso salarial lo pagan las empresas, no el Tesoro. Y los créditos salen de los pesos del FGS colocados en los bancos, no de la caja del Estado. Son estímulos por fuera del balance: demanda sin déficit fiscal. La pregunta es si alcanzan para mover el amperímetro.Porque el riesgo de fondo sigue intacto. Todas estas medidas empujan en la dirección contraria al uso de los dólares para pagar deuda, acumular reservas, apreciar la moneda y bancar el ahorro de las familias — una demanda que, a medida que se acerque la elección presidencial, se va a poner más intensa — . Si no hay dólares para todo, en algún momento habrá que elegir. Y no queda claro qué va a priorizar el Gobierno, ni cuál de esas opciones le conviene más en las urnas.La novedad de esta época no es que sobren dólares para todo; es que, por primera vez en décadas, hay algún margen para discutir en qué usarlos. Hasta ahora el Gobierno optó por la prudencia macrofinanciera, en detrimento de la actividad económica. El deterioro en la calidad de vida de las grandes mayorías parece haber puesto un límite, a poco más de un año de la contienda electoral. El Gobierno acusó el impacto y empezó a mover fichas. El dogma, al final, llega hasta donde empiezan a escasear los votos.

Guido Zack | Cenital

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