HERNÁN LETCHER: «LA DEMOCRACIA DEBE DISCIPLINAR AL PODER ECONÓMICO»

Una discusión económica a propósito de 40 años de democracia recuperada.

En diálogo con Tiempo, el economista y titular del CEPA Hernán Letcher observa que solo poniendo en primer lugar los intereses de las mayorías populares se superará la tensión de la relación entre el capital y el trabajo.

-Dado el recorrido que ha tenido la democracia en la Argentina, ¿qué clase de hito es el que se cumple con estos 40 años? ¿Es una formalidad?

–Para mí es un hito absolutamente trascendente y más en esta época. Si bien uno puede decir que en materia económica la democracia no ha resuelto la vida, no deja de ser la mejor forma que ha encontrado la sociedad en esta etapa. Cuando uno escucha voces, como la de Javier Milei, que sostienen que la democracia no sirve para nada y que el Estado debe dejar de tener un rol en la vida económica, uno no puede más que concluir que es absolutamente trascendente sostener una democracia que, además, a los argentinos nos ha costado tanto conseguir.

La motivación principal de la dictadura fue esencialmente económica: subordinar a la clase trabajadora al lugar que históricamente, según los militares y las élites civiles, nunca debió haber abandonado, que es un lugar de subordinación al capital. Es una dictadura claramente anti-trabajadores y esa es la diferencia con las anteriores, que también cercenaron las libertades e impulsaron represiones pero que no habían perseguido al sujeto “trabajadores” de manera sistemática para condicionarlo y sostener ese condicionamiento en el tiempo. Por eso, los 40 años de democracia no tienen nada de formal, para mí tienen mucha vigencia en la vida cotidiana de los argentinos y las argentinas.

–La lucha del capital contra el trabajo se ha sostenido en estos 40 años para lograr ese objetivo económico y político central. ¿Reconocés hitos en esa disputa?

-Si lo miramos en etapas cruzado en clave electoral, en la década de los 80 se dieron muy pocos avances económicos. Se consolidó la principal transferencia de ingresos hacia el capital que fueron los seguros de cambio. Las privatizaciones arrancaron a finales de esa década con lo cual, las bases que logró asentar la dictadura no fueron modificadas en la etapa posterior. La expresión más ilustrativa de esta cuestión es el corrimiento del entonces ministro de Economía, Bernardo Grinspun: al inicio del gobierno de Alfonsín hubo una intención de modificar parte de las estructuras económicas que dejó la dictadura y cuando finalmente ganó el poder económico, lo corren a Grinspun.

–Llega el menemismo, para consolidar ese camino.

-Es la escala superior de la valorización financiera que arrancó el 24 de marzo de 1976. Alfonsín no rompió la valorización financiera y aparece esta segunda etapa que perfecciona, si se quiere, el trabajo de expoliación de derechos de trabajadores y trabajadoras. En esa década, abiertamente, se impulsan las privatizaciones y la apertura de la economía, con lo cual se consolidaron las bases económicas que se plantaron en la dictadura y cuya premisa era que se sostuviera en el tiempo más allá de los gobiernos que vinieran.

El que rompe eso es Néstor Kirchner, con una estrategia de política económica muy distinta que, básicamente, fue contra esas bases plantadas por la dictadura. Es el proceso inverso a la apertura económica y el endeudamiento. La dictadura consolidó el endeudamiento como un mecanismo de transferencia de ingresos. Vino una etapa contraria, con lo que significa en términos políticos el desendeudamiento, además de la consolidación del consumo interno y volver a poner en el centro de la escena a los trabajadores y las trabajadoras.

Y con Mauricio Macri, volvemos a tener una etapa de apertura indiscriminada de la economía, de reprimarización, de transferencias de ingresos hacia los sectores del capital.

Pero hay un dato muy importante: las etapas que conformaron esta sucesión eran mucho más largas, y con Macri se aceleran. Los cambios que introdujo con sus políticas en cuatro años, son mucho más marcados que los realizados a lo largo de los ’90.

–¿Cómo ha sido la relación del capital concentrado con los otros sectores del capital más débiles?

–Es cierto que el capital no es uniforme. Hay sectores del capital que, en buena medida, tienen ligazón con los intereses de los trabajadores, como las pymes, el pequeño productor agrario y los que, en general, viven del mercado interno. Esos intereses no son uniformes y, por lo tanto, la ligazón tampoco lo es, pero en la primera etapa del kirchnerismo se puede ver que sectores del capital cierran filas detrás de la propuesta de Kirchner porque les interesa que así sea.

Hay una segunda etapa donde esos mismos sectores se paran de mano contra el gobierno, que coincide con la crisis del campo de 2008, es esa crisis en la que esta parte del capital le dice al propio gobierno hasta acá llegamos no quiero intervenciones en la economía. Coincide también con la recuperación plena del poder adquisitivo de los trabajadores después de la crisis de 2001.

En la etapa macrista aparece con fuerza una diferencia más marcada respecto de las anteriores, no gana lo que Eduardo Basualdo llamaría la oligarquía diversificada, que sí lo había hecho en las etapas previas. El beneficiario del boom financiero es el bancario trasnacionalizado. El Banco Central fue copado por la banca internacional. Los otros grandes ganadores fueron el sector agropecuario y el energético. Macri no actuó como un representante de los intereses de la oligarquía diversificada, sino que aparece como el mascarón de proa de los intereses del capital trasnacionalizado.

–En esta sucesión histórica, ¿cómo caracterizás al gobierno de Alberto Fernández?

–Claramente en esta etapa vuelven a ocupar un rol la producción y el trabajo. Volvieron a crecer la actividad industrial y el empleo. No es algo menor porque con Macri hubo una caída de puestos de trabajo y de la actividad industrial desde el inicio hasta el final. Pero es una etapa que también tiene serias deudas pendientes sobre todo en materia de distribución del ingreso, que es lo que caracterizó al peronismo y a la década kirchnerista. En esta etapa se consolidó una distribución más cercana al 60% para el capital y 40% para el trabajo, en buena medida porque la pandemia hizo caer el ingreso para el capital y el trabajo, pero la recuperación fue inequitativa.

Un debate que teníamos con el exministro Martín Guzmán era que siempre creímos que él, entre otras cosas, tenía una mirada de la economía argentina a la usanza europea, es decir, que podía funcionar con incentivos. Nosotros siempre dijimos que así no se podía, que, esencialmente, la relación era de disputa y tensión constante. Por algo que se heredó de la dictadura y que es un comportamiento de los grandes capitales de la argentina, que tienen mucho de rentista, que están pensando todo el tiempo en ganar lo que se pueda ahora y desengancharse del ciclo económico argentino y fugar la plata.

–Si se trata de una relación de tensión entre clases, ¿hay posibilidades de convivencia en democracia?

-El poder económico siempre va a buscar generar las condiciones para mejorar su rentabilidad y eso se aproxima siempre a la liberalización de la economía. Pero cuando uno ve los últimos 40 años, no es uniforme ese comportamiento. Desde 2003 en adelante hay una relación de tensión, pero se logra condicionar la dinámica del poder económico y el gobierno logra aplicar medidas de transformación sustanciales. Hay algo muy ilustrativo de lo que estoy mencionando, que se reivindica bastante poco pero que para mí es algo central: en el segundo gobierno de Cristina hubo un crecimiento moderado del 0,4% anual acumulativo y, al mismo tiempo, hubo 6 puntos de redistribución del ingreso. Esto es muy interesante porque, a pesar de que la actividad económica no acompañó, las políticas condicionaron al poder económico para que suceda ese proceso.

Hace unos días, el presidente mencionó que la distribución del ingreso era una deuda pendiente y dijo: “Para distribuir hay que crecer”. Lo que pasó en el gobierno de Cristina da cuenta de un proceso donde a pesar de que prácticamente no hubo crecimiento económico, sí hubo distribución. Y la inversa de la dictadura, que hizo una distribución regresiva del ingreso y del poder que permite que le vaya bien a un sector del capital, ni siquiera a todo el capital, con retracción de la actividad y, mucho más pronunciada, en el sector del trabajo.

–La democracia está marcada por la grieta, que atraviesa tanto conceptos como intereses concretos. ¿Cómo ves su futuro?

-Soy militante de la esperanza. Existe la posibilidad de que las cosas sean más armónicas y es posible en la medida en que esos consensos pongan en primer lugar los intereses de las mayorías populares argentinas. No le puede ir bien a la Argentina si le va bien solo al sector empresario y mal a los trabajadores, con lo cual, si la clase capitalista quiere que le vaya bien, debería articular sus intereses con el conjunto de la clase trabajadora en nuestro país. Pero si prefieren que le vaya mal porque sus intereses están asociados a eso, ahí tenemos un problema. Y eso para mí se salda en la medida en que, en los procesos electorales, se logran articular expresiones que disciplinen al poder económico, no para que pierdan sino para que los intereses de las mayorías populares estén en primer lugar. «

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