El crimen de Ian Cabrera dejó a una pequeña ciudad santafesina enmudecida por el dolor. La contención y el trabajo con alumnos y familiares será imprescindible
Cuando este texto se publicó el jueves pasado, la tragedia en la escuela Mariano Moreno de San Cristóbal apuntaba a que se había desencadenado por un problema personal de Gino C, el adolescente de 15 años, que entró el lunes 30 de marzo al colegio con una escopeta y disparó contra sus compañeros. Murió Ian Cabrera, de 13 años, y ocho chicos resultaron heridos. Los abogados del asesino pusieron el foco en los problemas psiquiátricos que padecía el adolescente. Al principio, los funcionarios provinciales hablaron de otros problemas, de índole familiar. Durante el fin de semana asomó otra hipótesis que es estremecedora: que Gino planificó el ataque a través de una red que se llama True Crime Comunity, y que no estuvo solo. Este lunes 6 de abril fue detenido otro chico de la misma edad, mientras se trasladaba por la ruta 11, acompañado por sus padres, a la altura de Nelson. Este amigo de Gino sabía de la preparación del ataque a la escuela.
Esta nueva cara de la tragedia asomó luego de que se secuestraran la computadora, el teléfono y ropa de Gino, que usaba una remera con el mismo dibujo que los asesinos del instituto Columbine, un hecho medular en este tipo de trama. Lo que encontraron en los archivos digitales de este chico de 15 años no era una rareza. Era exactamente lo que el Ministerio Público Fiscal de la Nación había anticipado meses antes en un informe reservado que ahora cobra una actualidad perturbadora.
El documento, elaborado por la Secretaría de Análisis Integral del Terrorismo Internacional (SAIT) de la Procuración General de la Nación y fechado en abril de 2026, lleva por título “Análisis sobre la ideología True Crime Community (TCC)”. Señala que en Argentina hay relevados siete hechos de violencia extrema asociada a este grupo, que sucedieron en escuelas.
El informe describe con detalle una subcultura digital trasnacional que opera en las sombras de las plataformas más populares y que tiene como objeto de culto a los perpetradores de tiroteos masivos, en especial aquellos cometidos en escuelas. El informe era, en rigor, una advertencia. El caso de San Cristóbal parece una confirmación. El informe fue enviado el fin de semana a los fiscales que investigan el trágico tiroteo.
Los dispositivos de Gino C. revelaron que el adolescente era usuario de Discord, una plataforma de mensajería y chat organizada por canales temáticos. En uno de esos espacios, él y otros jóvenes —de San Cristóbal, de otras provincias y del extranjero— compartían material vinculado a la masacre de Columbine, el tiroteo perpetrado el 20 de abril de 1999 por Eric Harris y Dylan Klebold en una escuela secundaria de Colorado, donde asesinaron a 12 estudiantes y un profesor antes de suicidarse. Para TCC, ese ataque es un hito fundacional, la referencia mítica a partir de la cual se articula toda esta subcultura.
Este lunes 6 de abril, siete días después del ataque, la PDI detuvo a un tercer adolescente. Fue interceptado en la ruta nacional 11, a la altura de la localidad de Nelson, a unos 150 kilómetros de San Cristóbal, cuando viajaba en un auto junto a sus padres. Quedó detenido bajo la figura de encubrimiento: la investigación indica que tenía conocimiento previo del ataque y no lo denunció.
Rolando Galfrascoli, director provincial de Investigaciones Criminales de Santa Fe, precisó que la aprehensión fue el resultado de “24 horas de vigilancia y seguimiento en las rutas 11 y 4”. En el procedimiento participó también el Departamento Unidad de Investigación Antiterrorista (DUIA) de la Policía Federal Argentina, lo que da una idea de la dimensión que está tomando el caso.
La secretaria de Gestión Institucional del Ministerio de Justicia y Seguridad provincial, Virginia Coudannes, fue más directa sobre las implicancias de fondo: “Estamos ante una situación que trasciende las fronteras de la provincia de Santa Fe”, afirmó, y señaló que la investigación sobre una posible “red internacional” hace el trabajo “más complejo” y exige la articulación entre la policía provincial, las fuerzas federales y el Ministerio Público de la Acusación (MPA). El fin de semana el gobernador de Santa Fe Maximiliano Pullaro se comunicó con la ministra de Seguridad Nacional Alejandra Monteoliva para analizar este caso que tomó un perfil diferente al que mostraba al principio. Después de la audiencia en la que Gino C, de 15 años, fue imputado y luego sobreseído, el fiscal Luis Schiappa Pietra advirtió que la investigación apuntaba a que el adolescente había planificado el ataque en la escuela.
La dimensión transfronteriza es exactamente lo que el informe de la SAIT describe. TCC no tiene sede ni dirección postal. Funciona en capas, migrando de plataformas masivas hacia entornos cada vez más cerrados y sin moderación de contenido.
Este nuevo capítulo empieza a saberse en momentos en que la comunidad de San Cristóbal aún no puede salir del pozo en la que cayó, tras la muerte de Ian. Todavía nadie puede procesar esas escenas desenfrenadas.
Había un nudo en la garganta y en el estómago, que anudaba una tristeza profunda, que dejaba vacías las palabras, que perdían sentido al repetirse una y otra vez. “Es una pesadilla”, decía Marta, una jubilada que durante la noche del lunes 30 de marzo trataba de parar una vela en la escalera de la escuela Mariano Moreno, de San Cristóbal, provincia de Santa Fe. Unas horas antes había visto una estampida de chicos correr por la calle, frente a su casa, después de escuchar las detonaciones, los tiros que retumbaron a las 7.13 de la mañana de ese mismo día. Ella no sabía por qué huían despavoridos los chicos –algunos gritaban, otros se agarraban la cabeza, se caían- a pesar de que había escuchado los tiros. “Cómo iba a pensar que los disparos venían de la escuela. Es ilógico”, apuntó.
Esa fue la primera reacción que sobrevoló una ciudad de 16.000 habitantes, donde las cosas terribles no afloran a la superficie. Todo parece esconderse bajo el disimulo de la alfombra. El 1º de enero pasado Delfina, de 15 años, salió a comprar una gaseosa a un kiosco cuando la rodearon tres varones y dos mujeres, que tenían la misma edad. Su madre reveló que era hostigada desde hacía meses por alumnos de la escuela Mariano Moreno, un colegio que tiene tres niveles –primario, secundario y terciario- y es el más importante de la región. A Delfina le desfiguraron el rostro con cuchillos. El objetivo, según la madre, era degollarla mientras la filmaban con un celular. El hecho provocó una breve conmoción en San Cristóbal pero quedó como algo excepcional. El problema de fondo se reavivó con la tragedia que ocurrió el lunes pasado, cuando Gino C., de 15 años, entró a la misma escuela Mariano Moreno con una escopeta y después de cargarla en el baño comenzó a disparar a mansalva. Los tiros le provocaron la muerte inmediata a Ian Cabrera, de 13 años, y causaron heridas de gravedad en otros dos chicos, que hoy están fuera de peligro.
Gino robó la escopeta de su abuelo un día antes de que la empezara a disparar en el patio de la escuela. El abuelo se dio cuenta en el momento que escuchó en la calle que su nieto era el asesino. Volvió a su casa y se fijó en el armario donde guarda las armas. Faltaba una escopeta calibre 12/70. Si este chico de 15 años no hubiese tenido acceso a esa arma la historia podría ser otra. Aunque ese terreno es aceitoso, porque, quizás, algo trágico también hubiera ocurrido de otra manera.
El abogado Néstor Oroño, quien ejerce la defensa de Gino, reveló que cuando miembros de su equipo hablaron anoche con el joven asesino les dijo que “no estaba a gusto con su vida” y que “había intentado suicidarse desde los 10 años”. Ese cuadro severo, de una crisis psiquiátrica que afloró durante las últimas horas, estaba ausente en los primeros trazos de la historia en torno al asesino. Las autoridades de la escuela y del gobierno de Santa Fe advirtieron el lunes que el agresor no tenía antecedentes de problemas psicológicos ni de mal comportamiento en ese establecimiento.
“Era un chico introvertido, que no hablaba con nadie. Y no se animó a contarle de su intento de suicidio al psiquiatra que comenzó a tratarlo después de las lesiones que se autoinflingía”, dijo el abogado. La historia de Gino comenzó a recargarse de un costado oscuro que parecía oculto, que nadie había podido desentrañar, ni siquiera su familia. Su madre, una maestra jardinera, está actualmente con carpeta médica por licencia psiquiátrica. Federico Kiener, uno de los abogados del equipo de Oroño, aseguró tras reunirse con el adolescente que “no tenía problemas escolares”. Y remarcó que “tampoco hubo bullying ni había problemas con una persona”.
El martes, la secretaria de Gestión Territorial del Ministerio de Educación santafesino, Daiana Gallo Ambrosis, insistió con un dato clave: no existían alertas previas en la trayectoria escolar que permitieran prever este desenlace. “Estamos entrevistando al equipo directivo, que está muy impactado. No teníamos registros de una situación que pudiera determinar que esta tragedia podía suceder”, confirmó. “Esto ocurrió en una escuela, pero es el reflejo de la sociedad. Hay que tener empatía; es un momento trágico y no podemos sacar provecho de esto”, aseguró Gallo Ambrosis, y destacó que el objetivo es que “la palabra circule”. Antes, evidentemente, no fluía.
Antes que nada, los distintos actores decidieron atajarse, tanto en la escuela, como en el gobierno. No había un documento, un registro, que dijera que Gino tenía problemas, pero eso no quiere decir que no los tuviera. De parte de las autoridades, sobre todo del colegio, fue el reconocimiento de que algo había fallado, que nadie sabía qué le pasaba a ese chico introvertido, que un día robó la escopeta de su abuelo y empezó a disparar en el patio de la escuela a la que iba todos los días.
El gobierno anunció luego que va a iniciar un plan de acción en el ámbito educativo que apunta al acompañamiento de los docentes: se realizarán trabajos específicos con el área de Bienestar Docente para quienes estuvieron presentes en el momento del hecho. También se realizarán talleres con alumnos, con dispositivos especiales para los compañeros del niño fallecido y del joven imputado. Además, rondas de convivencia y espacios de diálogo en todas las escuelas de San Cristóbal.
Desde los medios nacionales se trató de instalar de una forma desmedida la versión de que Gino sufría bullying. Salieron especialistas a conjeturar sobre el peligro de este tipo de violencia dentro de las escuelas. Apareció como ejemplo la serie Adolescencia, que cuenta la historia de Jamie Miller, un chico de 13 años que es arrestado tras ser acusado de asesinar a una compañera de clase. Algunos puntos coincidían con la tragedia de San Cristóbal, pero no todos, sobre todo el central: hasta ahora no surgió de la investigación que Gino haya sufrido bullying. Se viralizó un video en el que los compañeros le pateaban el banco cuando se había quedado dormido en el salón. El empecinamiento de los medios porteños apuntaba a encontrar uno o varios culpables de manera rápida. En este caso, serían sus compañeros, que en realidad, habían sido las víctimas.
Por la propia dinámica de la agenda pública y mediática, en los próximos días nadie se acordará de lo que pasó el lunes pasado en San Cristóbal. Aunque suene despiadado, eso ocurrirá. Se van a olvidar en Buenos Aires, pero en la comunidad de San Cristóbal quedará una herida por siempre. Los chicos que fueron parte de ese escenario terrorífico, que recordaban con minuciosidad cada segundo de lo que había pasado, deberían tener algún tipo de asistencia, de contención, como las familias de las víctimas, que quedaron destruidas por esta tragedia.






