El clima de resistencia que rodeó a la sesión del Senado por las leyes de inviolabilidad de la propiedad privada ¿puede tomar perspectiva nacional a un año de las elecciones presidenciales? El orgullo patriótico de la bandera malvinera mutó en demanda hacia la dirigencia política. Aumenta la temperatura social en medio de la crisis.
Encontrar repeticiones en la historia suele ser un pasatiempo de los analistas. Se cree, por ejemplo, que la forma en que ocurrió una cadena de acontecimientos puede anticipar lo que está por venir. Como un manual de predicciones. En las últimas veinticuatro horas muchos asociaron el debate sobre Inviolabilidad de la Propiedad Privada con la Reforma Previsional de 2017. Así como en aquel momento el malestar y la resistencia se multiplicaron alrededor de las jubilaciones, ahora el factor de articulación fue la defensa de la soberanía.
Esta interpretación circuló en las redes, también en el discurso de los más politizados. El desenlace de la discusión en el Senado, ¿anticipa algo de la próxima elección presidencial?
Lo que sucedió en el Congreso dejó como resultado dos hechos que el Gobierno no imaginaba y que hubiera querido evitar. Aunque el proyecto tuvo media sanción, dos capítulos claves -el de extranjerización de las tierras y el de manejo del fuego- fueron eliminados previamente del debate. Si se hubieran votado, es más que probable que el mileísmo y sus aliados habrían perdido la votación.
La decisión de La Libertad Avanza de bajar por voluntad propia ambas iniciativas coronó todo un proceso en el que la soberanía, la propiedad de la tierra y las riquezas naturales de la Argentina fueron ganando una fuerte pregnancia social. Se convirtieron -estelas de la bomba con espoleta retardada que significó la bandera sobre Malvinas en el partido con Inglaterra- en ejes de la conversación pública.
Hubo posteos de la influencer, actriz y cantante Tini Stoessel, imágenes alusivas compartidas por el jugador de la Selección Lisandro “Licha” Martínez, hasta presencia de cuerpo presente en la marcha (pero de incógnito para no ser reconocida) de Lali Espósito, estrella joven de la nueva escena.
El corte transversal de los pronunciamientos en defensa de la tierra y de la soberanía iba más allá de cualquier grieta o antagonismo de facción: la intención de modificar el tope de 15% a 25% para la adquisición de tierras rurales por parte de personas físicas o jurídicas del extranjero, como también la búsqueda de eliminar la prohibición (por varias décadas) de hacer loteos en tierras previamente quemadas para crear desarrollos inmobiliarios fueron seguidos con atención por los argentinos. Particularmente el tema de la extranjerización.
Dicho de otro modo, la sociedad los tomó como propios: como banderas, como aquella sábana de hotel pintada artesanalmente y arrojada desde la tribuna por un grupo de jóvenes de Villa Luro que pudieron estar -el día justo, a la hora señalada- en un estadio hightech de la ciudad de Atlanta, EEUU. “Las Malvinas son argentinas”, decía el trapo. Giovanni Lo Celso lo desplegó sobre el césped y una tipografía irregular -pero desde entonces reconocible- se volvió ícono.
Desde el palacio y desde la calle, la jornada de ayer reflejó cómo está emergiendo -con sus tiempos, con sus modos- una sensibilidad popular que se siente representada por los valores de la soberanía, de la defensa de la nación, del orgullo por la Argentina. Una encuesta de la consultora Vozna de hace diez días (muestra de 2391 casos, mayores de 16 años, realizada online por el método CAWI) arrojó que la sensación mayoritaria que produjo la bandera de Malvinas en el Mundial fue de “orgullo y patriotismo” (80,4 por ciento).
Además, el 72,1% de los consultados consideró “una expresión válida y un orgullo nacional” que los jugadores de la Selección hayan desplegado y exhibido la sábana pintada con el reclamo de soberanía; incluso pese a las instrucciones de la FIFA.
En el Congreso, de todos modos, la discusión sobre Inviolabilidad de la Propiedad Privada traslució además otro proceso, algo que advierten algunos analistas políticos y de opinión pública. En franjas importantes de la sociedad argentina se percibe una demanda hacia quienes pretenden representarlos. Sobre todo en sectores que ven su vida cotidiana devastada por la caída de ingresos o por la pérdida del trabajo, muchos de ellos endeudados y con dificultades para recargar la SUBE, o para pagar el celular y tener ‘datos’ en el teléfono. Hay un clima de exigencia, de poca paciencia hacia la dirigencia política. También hay hastío ante la percepción de que subsisten privilegios, reflejo de una desconexión de ciertas elites en medio de una crisis que empeora y angustia.
Esta temperatura social predomina en varios sectores del electorado. Y se hace notar entre aquellos que quieren un recambio en 2027. En paralelo, una voz calificada en el estudio de los humores sociales, el sacerdote jesuita y doctor en Ciencia Política Rodrigo Zarazaga, advirtió en sus últimas intervenciones sobre la falta de la más mínima expectativa de futuro que se percibe entre los jóvenes en situación de vulnerabilidad: no ven perspectivas de inclusión, ni por el estudio ni por el trabajo.
En materia electoral, un estudio reciente del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) –think tank que dirige el propio Zarazaga- mostró que entre los jóvenes que eligieron a Javier Milei en 2023 sólo el 58% estaría dispuesto a volver a votarlo cuatro años después. ¿A quiénes votarán el próximo año? Otra posibilidad es que muchos de esos jóvenes finalmente desistan de ir a las urnas: tal desafección contribuiría a que en la Argentina se siga configurando una democracia segregada, con cada vez menos participación electoral.
¿Y cómo ve el peronismo lo que está pasando? Jorge Capitanich, senador nacional por Chaco, tiene un análisis particular: no duda en arriesgar definiciones fuertes. Exgobernador por tres mandatos, ayer tuvo bastante protagonismo en el trámite legislativo (se cruzó varias veces con Patricia Bullrich). Además, fue uno de los encargados en juntar voluntades para frenar la eliminación de las protecciones contra los incendios; fuegos intencionales que muchas veces se usan como estrategia para la expansión de desarrollos inmobiliarios.
“Yo estoy absolutamente convencido de que vamos a ganar las elecciones del 2027”, dijo a Tiempo refiriéndose al peronismo desde el ‘nosotros’, en primera persona del plural. “Y estoy absolutamente convencido porque el deterioro de Milei es significativo, producto de un conjunto de circunstancias, factores y causas: no es un fenómeno unicausal. Su deterioro es producto de aplicar sus propias políticas”, amplió Capitanich cuando la sesión del Senado ya había terminado.
En cuanto al próximo turno presidencial, el chaqueño anticipó que el mandatario electo será quien logre representar los sentimientos colectivos, las esperanzas y también las demandas -aquellas visibles y aquellas aún no formuladas – de este momento cambiante de la Argentina.
“Las elecciones no se ganan solamente con un candidato. Se ganan con la representación del electorado: cuando tu representación del electorado es compatible con las expectativas de los votantes. El que gana es el que logra liderar todo ese proceso”, planteó finalmente Capitanich.
¿Será, entonces, que las discusiones por la extranjerización de la tierra anticiparon el descenso de Milei por un tobogán continuo y declinante hasta el fin de su mandato? ¿Algo similar a lo que le pasó a Macri hacia el final de su tercer año de gobierno? Los que saben recomiendan no forzar las comparaciones para validar una hipótesis previa: un intento -siempre fallido- de encapsular lo incierto.
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